Bruno Schulz sobre Franz Kafka [Traducción: MMF]

Sólo unos cuantos relatos menores de Franz Kafka vieron la luz cuando él vivía. Un insólito sentido de responsabilidad y el rigor casi religioso que aplicó a su obra le permitieron superar la falta de éxito, obligándolo a desechar cada fruto de su talento inspirado y feliz. En aquella época únicamente un pequeño grupo de amigos se sabía frente a un genio creativo de altos vuelos que maduraba a ojos vistas, planteándose metas inalcanzables y luchando por resolver los profundos enigmas de la existencia. Más que un fin en sí misma, la escritura era para Kafka un vehículo que lo conduciría a una verdad mayor, a una mejor forma de vida. El alma que busca con urgencia la luz de la fe nunca la encuentra y termina precipitándose en la oscuridad; ése es su trágico destino. Esto explica la última voluntad de un autor que, muerto antes de tiempo, legó su trabajo literario a la destrucción. Desafiando el deseo de quien lo había nombrado su albacea, Max Brod decidió publicar lo que había sobrevivido de la obra kafkiana en varios volúmenes con los que el escritor praguense se estableció como uno de los espíritus más representativos de su generación.
Esta obra rica y densa, madura y consumada desde el principio, fue aun tempranamente un lúcido testimonio de la experiencia religiosa. Hechizada una vez y para siempre por una noción mística de la realidad, la firme mirada de Kafka penetra la estructura, la organización y el orden implícito de nuestra realidad oculta y fija sus fronteras ahí donde la naturaleza humana choca con la naturaleza de Dios. Kafka es un bardo y un devoto del mandato divino; un bardo, por cierto, de extraña estirpe. El detractor más despectivo y venenoso no podría describir este mundo con tan retorcido afán caricaturesco, a través de figuras tan abiertamente absurdas y comprometedoras. Según Kafka, la esencia majestuosa del orden divino puede ser sometida gracias al poder de la negativa humana. Es un orden que queda tan lejos del alcance humano, que trasciende con tal fuerza toda categoría terrenal, que su majestuosidad es frenada sólo por la energía de la censura y la resistencia que el hombre opone a tan altas autoridades. Al fin y al cabo, ¿cómo podría reaccionar la condición humana al abuso de dichos poderes sino mediante la protesta, la absoluta falta de comprensión, los repentinos ataques de rabia?
Durante la primera audiencia, el héroe de El proceso somete a toda la jerarquía judicial a uno de esos ataques de rabia. La impugna acaloradamente, la amenaza jactándose de su aparente triunfo, es el acusado vuelto acusador. El supuesto asombro de la Corte y su perpleja retirada, que simbolizan la desproporción fundamental de su grandeza con respecto a las categorías humanas, nutren la audacia y el celo reformador del héroe. Así reacciona la ciega naturaleza del hombre al avance de los poderes con los que se enfrenta: con vigor desmedido, el hubris de los antiguos que no es causa sino derivado de la ira divina. Josef K. se siente cien veces superior a la Corte, cuyos embustes y artificios le provocan repulsión y desprecio. A estos rasgos oponeraison d’état, cultura, trabajo. Pero luego viene la cómica desilusión. Sus argumentos, sus aires de superioridad no lo eximen del progreso inexorable del juicio, que irrumpe de lleno en su vida como si nada importara. Sintiendo que el cerco se estrecha a su alrededor, Josef K. sueña sin parar con la posibilidad de eludirlo y vivir lejos de sus garras; se engaña pensando en que puede obtener algún beneficio de la Corte mediante maniobras clandestinas relacionadas con mujeres, intermediarias ––según Kafka–– entre lo humano y lo divino, o a través de un pobre pintor que de acuerdo a los rumores tiene “contactos” en la Corte. De este modo Kafka subraya, y eleva a un ridículo constante, la inútil y dudosa naturaleza de todo empeño humano en relación con el orden divino.
El error de Josef K. radica en apelar a la razón humana en vez de rendirse incondicionalmente. Terco, obstinado, insiste en presentar eternas solicitudes en las que día tras día intenta exponer su hermética coartada humana. Todos estos esfuerzos y “recursos legales” caen a un vacío misterioso, sin llegar nunca a las eminentes autoridades en torno a las que giran. Frente al violento orbe centrípeto contra el que siempre se estrella, el tránsito humano deviene malentendido, falla de comunicación, tiro al azar que nunca da en el blanco.
En el penúltimo capítulo de El proceso, que bien puede ser la clave de todo el libro, la parábola del capellán de la cárcel desarrolla otro filón del asunto: no es la ley la que persigue al culpable sino éste el que a lo largo de su vida intenta “entrar” a aquélla. Parecería que la ley se esconde del hombre, encerrándose en su sagrada inaccesibilidad pero al mismo tiempo esperando, diríase furtivamente, la invasión sacrílega, la irrupción humana. La defensa de la ley emprendida por el capellán en la asombrosa exégesis de la parábola se mueve en el filo del sofisma, raya en el engaño y el cinismo: la prueba más difícil para el devoto de la ley, la cumbre de la abnegación.
En esta novela Kafka retrató la intromisión de la ley en la vida del hombre, presentándola de un modo abstracto; nunca la concretó en un destino individual “real”. Jamás sabemos cuál fue el delito de Josef K., qué ley debía obedecer su vida. Kafka nos entrega sólo la atmósfera ––el clima y el aura–– de la relación de un hombre con lo divino, con la verdad suprema. La proeza artística de esta novela radica en el hecho de que para estos asuntos, que carecen de forma y expresión en el lenguaje humano, Kafka encontró ––por así decirlo–– una corporeidad adecuada, un material sustituto que les dio estructura y los moldeó hasta el último detalle.
Las ideas y sensaciones que Kafka quiso representar en este libro no le pertenecen. Son la herencia común del misticismo de todos los tiempos y países, que, no obstante, había sido formulado siempre en un lenguaje ajeno y subjetivo, el idioma adoptado de ciertas comunidades y escuelas esotéricas. Aquí, por primera vez, la magia poética ha creado una suerte de realidad paralela, un cuerpo ficticio en el que encarna la experiencia mística; no sustantivamente, por cierto, sino de tal forma que aun los no iniciados pueden sentir la ráfaga de su remota majestad y descubrir que se les está ofreciendo un equivalente poético de la experiencia auténtica.
En este sentido el procedimiento de Kafka, la creación de una realidad alterna o sustituta, no tiene precedentes. La doble naturaleza de esta realidad se logra con la ayuda de una especie de seudorrealismo que merece especial atención. Kafka ve la superficie realista de la existencia con precisión insólita; conoce al pie de la letra, por así decirlo, el código gestual, la mecánica externa de hechos y situaciones, cómo se ensamblan y entrelazan, pero esto para él no es más que una epidermis floja, sin raíces, que levanta como una membrana delicada y encaja en su mundo esencial, en su realidad. Su actitud para con esta realidad es radicalmente irónica, engañosa, malintencionada: la relación de un prestidigitador con su burda materia. Simula el interés por el detalle, la seriedad y el elaborado rigor de esta realidad sólo para cuestionarla con mayor ahínco.
Kafka no ofrece la alegoría, el análisis ni la exégesis de una doctrina; sus libros diseñan una realidad poética cabal, sellada herméticamente por todos lados, autónoma, independiente. Más allá de sus alusiones místicas y sus intuiciones religiosas, esta obra vive su propia existencia poética. Polisémica, insondable, se resiste a ser agotada por cualquier interpretación.
[1936]
